En el siglo XIX, París cambió sus calles, Baudelaire convirtió al paseante urbano en personaje y los artistas empezaron a pintar una ciudad completamente nueva. Así nació la cultura del flâneur.
Hoy casi siempre caminamos para algo.
Para llegar a un lugar. Para hacer ejercicio. Para comprar algo. Para cumplir una cantidad de pasos.
Pero en el París del siglo XIX apareció otra posibilidad: caminar simplemente para mirar.
Sin destino preciso. Sin apuro. Prestando atención a la gente, los edificios, los escaparates y esas pequeñas escenas que normalmente pasan desapercibidas.
A esa figura se la empezó a conocer como flâneur.
Y no apareció por casualidad.
Primero tuvo que cambiar París
A mediados del siglo XIX, París empezó a transformarse a una escala enorme.
En 1853, Napoleón III encargó al barón Georges-Eugène Haussmann la modernización de la ciudad. Durante los años siguientes, muchas calles estrechas y barrios antiguos fueron reemplazados por grandes avenidas, parques, nuevas infraestructuras y los bulevares que hoy asociamos inmediatamente con París.
La transformación también tuvo un costo. Miles de edificios fueron demolidos y barrios enteros cambiaron para abrir paso a las nuevas arterias urbanas.
Pero no cambió solamente el mapa.
Cambió la experiencia de estar en la ciudad.
Los nuevos bulevares crearon espacios para circular, detenerse, mirar escaparates, sentarse en cafés y mezclarse con desconocidos. También se convirtieron en lugares para ver y ser visto.
PARÍS ESTABA CAMBIANDO
Calles estrechas
→ grandes bulevares
Barrios antiguos
→ nuevos edificios y avenidas
Una ciudad difícil de recorrer
→ nuevas formas de circular
Caminar para llegar
→ también caminar para observar

Charles Marville documentó las calles del viejo París mientras la ciudad atravesaba una enorme transformación urbana en el siglo XIX.
Baudelaire encontró un personaje en esa ciudad
Charles Baudelaire estaba intentando entender algo más grande que una nueva forma de caminar.
Le interesaba qué significaba vivir en una ciudad moderna.
En sus escritos sobre arte y vida contemporánea aparece una figura que se mueve entre la multitud, observa a los desconocidos y encuentra interés precisamente en aquello que cambia todo el tiempo: la moda, las calles, los gestos, los encuentros fugaces.
El flâneur no se aparta de la multitud.
Se mete en ella para observarla.
Esa mirada forma parte de lo que Baudelaire entendía por modernidad: lo fugaz, lo cambiante, aquello que pertenece al presente.
BAUDELAIRE Y LA CIUDAD
Cuando un desconocido se vuelve literatura
En À une passante, uno de los poemas de Las flores del mal, Baudelaire convierte una escena mínima de la vida urbana en poesía.
En medio del ruido de la calle, una mujer desconocida pasa frente al poeta. Se cruzan apenas durante un instante y después ella desaparece entre la multitud.
No hay conversación. No hay historia de amor. Apenas un encuentro fugaz entre dos desconocidos que probablemente nunca vuelvan a verse.
Pero justamente ahí está lo interesante: la ciudad moderna empieza a producir nuevas experiencias sobre las que escribir.
La multitud, el anonimato y esos encuentros que duran apenas unos segundos podían convertirse en literatura.
Una desconocida. Una mirada. Unos segundos. Un poema.
Los pintores estaban mirando la misma ciudad
La literatura no era la única que estaba prestando atención a esa nueva vida urbana.
Los artistas también empezaron a mirar los bulevares, los cafés, la moda, las multitudes y los desconocidos que compartían el espacio público.
El nuevo París no solo cambió lo que se podía recorrer. También cambió lo que valía la pena pintar.
Y pocas obras muestran esa experiencia tan bien como Rue de Paris, temps de pluie, pintada por Gustave Caillebotte en 1877.

Gustave Caillebotte, Rue de Paris, temps de pluie (Calle de París, día lluvioso), 1877.
MIRÁ EL CUADRO OTRA VEZ
Ya no estás viendo solo gente bajo la lluvia.
Entonces, ¿qué era realmente un flâneur?
Después de recorrer este París, la idea se entiende mejor.
Un flâneur no era simplemente alguien que caminaba sin rumbo. Era, sobre todo, un observador de la ciudad.
Recorría las calles, se mezclaba con la multitud y prestaba atención a aquello que parecía insignificante: una persona que pasaba, un escaparate, una conversación, una nueva moda, una escena cotidiana.
Caminar era también una forma de mirar.
FLÂNEUR
Alguien que recorre la ciudad observando su vida, sus personajes y esos pequeños acontecimientos que normalmente pasan desapercibidos.
No se trata solamente de caminar sin rumbo. La mirada es una parte esencial de la idea.
¿Todavía podemos caminar así?
Hoy es difícil caminar sin convertir el paseo en otra tarea.
Seguimos Google Maps. Escuchamos un podcast. Contestamos mensajes. Miramos cuánto falta para llegar. Contamos pasos.
Casi siempre estamos yendo hacia algún lado o haciendo algo al mismo tiempo.
El flâneur propone una experiencia bastante distinta: prestar atención al recorrido en sí mismo.
No hace falta caminar durante horas por París ni intentar reproducir la vida del siglo XIX.
Puede ser algo mucho más simple.
Guardar el teléfono por un rato. Doblar por una calle que normalmente ignoramos. Mirar un edificio. Entrar a una librería. Sentarse en un café. Observar a la gente pasar.
Caminar sin exigirle al paseo que produzca algo.
Baudelaire encontró algo digno de convertirse en cultura simplemente prestando atención a lo que sucedía a su alrededor. Quizás todavía podamos hacer lo mismo.
Fuentes:
The Metropolitan Museum of Art, Napoleon III and Paris.
The Metropolitan Museum of Art, Charles Marville: Photographer of Paris.
Charles Baudelaire, Le Peintre de la vie moderne (1863).
Charles Baudelaire, À une passante, en Les Fleurs du mal (1861).
Art Institute of Chicago, Paris Street; Rainy Day, 1877.

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